Mujer desesperada en mudanza, segunda fase

23 septiembre 2008 at 23:39 5 comentarios

 

En fin, ya está casi todo guardado en cajas. Voy a declarar este piso zona devastada. ¡Es horrible! Está lleno de cubos gigantes de cartón que amenazan mi integridad física como se caigan, pues están unos encima de otros. Todo está desordenado, nada en su lugar. Está claro que, hasta que vengan a recogerlo, mi madre no entra en este piso.

Y además, sólo tengo lo básico ya: dos platos, dos vasos, dos tazas, una sartén… El microondas es lo último que embalo. Y los productos de higiene y belleza, idem. Solo he dejado fuera de su caja dos pares de zapatos, ¡y un bolso! ¿Cómo voy a ser capaz de sobrevivir con sólo esto? Me estoy angustiando de pensarlo. No, no puedo sobrevivir. Necesito al menos otros dos pares de zapatos y otro bolso. ¿Dónde está la caja que los contiene? ¿dónde? ¿dóndeeeeeeeeeeeeeee?… Maldición. Por los clavos de Cristo. Son los últimos de ese megamontón. Pues definitivamente no pienso mover todo esto. A ver… agh ugh aaaah uuuuuuuuugh… No puedo, pesan un montón. Me moriré, sé que me moriré y que descenderé a los infiernos. De hecho, tengo la sensación de que ya estoy en ellos.

Pues voy a descansar esta tarde y a hacer el reparto de los bienes que se quedan, como si se tratase de un testamento. Mi último día en esta tierra los herederos vendrán a mi residencia y se llevarán sin compasión y delante de mis propias narices lo que no se han repartido ya. A saber, esta es hasta hoy la lista de objetos adjudicados:

  • el mueble zapatero se lo queda Amelia, que ya me lo pidió hace un mes;
  • el papel higiénico para Alberto, que fue lo primero que me pidió cuando le dije que me iba;
  • la cesta de la ropa para Clara, que dice que le hace falta;
  • el crisantemo gigante de color rosa que adorna el fondo del pasillo para Claudia, porque dice que así se acordará de mí cuando lo vea (y además le encantó ya desde el primer momento en que lo vio); también se lleva la planta trepadora.

Lo que no está repartido es el cubo de la basura, la fregona, la escoba y el recogedor; los productos de limpieza; el detergente; el suavizante, no se lo llevan, que es del Mercadona y está entero y hasta que encuentre otro en la ciudad donde voy a vivir, no paso sin mi suavizante para la ropa.

……………………..

Riiiing riiiiing riiiing. Uy, suena el teléfono.

-¿Sí?

-Hola, Kaia. Soy el camionero que va a hacerte la mudanza. Mira, que paso por ahí en una hora.

-¿¡Cómo!? ¿¡Qué dices!? De eso nada.

-Pero es que me dijeron que tenía que pasar hoy y…

– (Le interrumpo) No, no, lo que quedamos fue que hoy me llamaríais para decirme si pasabáis mañana o el lunes. Me quedan cosas por recoger (mi voz empieza a adquirir un tono agudo-histérico profundo)… y no me da tiempo a guardarlo todo y …

– Bueno, pues nada.

– Oye, a no ser que te lleves lo que hay embalado (embalada sí que acabaré yo) y el próximo día el resto.

– No, no, prefiero llevármelo todo junto.

– Pues entonces, dime cuándo…

– El lunes o martes

Otra vez “el día x o el día y”. ¿Será que los hombres, y los transportistas en particular, no sólo tienen el alelo ese de la infidelidad que ha descubierto un grupo de investigadores suecos o de por ahí (hombres todos ellos, claro), sino también un gen de la indefinición calendaria?

– Vale, los tengo p’al lunes, de todas formas. Pero avísame con tiempo suficiente, que yo tengo que salir del curro.

– Vale, vale.

– Con tiempo, eh

– Que sí. Hasta luego.

– Adiós

…………………………………

¿En dónde me había quedado? Ah, los productos de limpieza. ¿Y qué hago con las sillas de la cocina? Que se las lleven. ¿Y el mueble del baño? Tic tac tic tac mmmm mmmm. Me lo llevo. Lo meto tal cual en una caja grande y avant. ¿El paragüero? Me lo llevo, que está pintado a mano. ¿Las estufas? Ostrás, costaron una pasta; me las llevo. La comida se la reparten. Y el tendal. El potos se va conmigo; está tan bonito y me ha costado tanto que esté tan grande; la schefflera para Claudia. ¿El carro de la compra? Ay, es tan mono, negro con sus flores blancas; también me costó una pasta, al fin y al cabo, para haberlo usado dos veces; me lo llevo. El café, té, cacao y demás se lo quedan, como las galletas, bombones, latas de conserva, especias y aperitivos. El vino me lo llevo; las cervezas y refrescos, que se los repartan.

Estoy agotada de nuevo. Buuuf. Pero creo que he finiquitado también la parte testamentaria. Si no, en la fiesta de deshaucio (esa en la que todos mis amigos entrarán en tropel a llevarse lo que queda, ji ji ji) cada uno de ellos ya encontrará algo que seguro les puede ir bien o quieren.

Me voy a ver la tele. A tomar un café. A pintar mandalas. A dormir la siesta. O a dar un paseo. A la playa. A la montaña.  Pero a dejar de lado todo este follón de la mudanza al menos por un par de horas.

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Adjetivos calificativos Mujer desesperada en mudanza, tercera fase

5 comentarios Add your own

  • 1. Anamá  |  24 septiembre 2008 en 13:12

    Jajajaja! Cómo me he divertido con este segundo minirrelato!
    Creo que todas las “mujeres desesperadas” nos lo vamos a pasar bomba con tu blog 😀
    Me identifico un montón con esas sensaciones de “Igggghhh!!!” que transmites xD… y he sacado una buena idea de tu post:
    Pintar mandalas! debe ser super relajante! (cayendo baba)… Creo que me compraré un librito de esos que venden en las librerías, en las secciones de “Filosofía oriental”
    Ommmmmmm
    Bikos Kaia!

  • 2. Kaia  |  25 septiembre 2008 en 23:07

    Una noche del mes de agosto, cuando la temperatura nocturna (era de noche, como digo al principio) en la ciudad donde vivo por ahora era de 30º y me daban la una, las dos, las tres de la madrugada y no podía dormir, ni siquiera con la valeriana, me puse a pintar un mandala. Abrí el librito ese, el de mandalas de bolsillo vol. 2, por uno cualquiera; abrí la cajita de 24 colores, los desperdigué por la cama y, hala, a pintar… Llevaba un ratito pintando en colorines alegres mi mandala y empecé a tararear una melodía; no era de ninguna canción en concreto, no la reconocía, me la estaba inventando… Y de repente empecé a cantar canciones de misa, de cuando era pequeña e iba a la parroquia de mi padre en las fiestas patronales o algún domingo: “Señoooor, he dejado mi barcaaaa, junto a ti buscaré otro maaaar”; “Padre nuestro Tú que estáaaas en los que aman la verdaaaad…” Esos son los peligros de pintar mandalas 😀

  • 3. Anamá  |  26 septiembre 2008 en 0:02

    Los niños son la Igleeesia, las niñas son la Igleeeesia, sooomos la Iglesia del Señoooooor,
    me encantan las canciones de misa! Son muy bonitas, yo también recuerdo un montón (14 años con las monjas dan pa eso y más jejejje)
    Saludos!

  • 4. Xocolata  |  26 septiembre 2008 en 23:50

    Jajaja, estáis como cabras las dos… o yo soy muy hereje xD
    De todos modos he de confesar que yo también tengo un libro de Mandalas, y que relaja un montón, dí que sí. ^^

    Ánimo con esa mudanza, ¡que no pueda contigo!

    Biquiños!!^^

  • 5. Kaia  |  27 septiembre 2008 en 0:19

    “Juntos como hermanos, miembros de una iglesia, vamos caminando al encuentro del Señoooor”. Esta era la otra que recordé. ¡Qué tiempos aquellos del cabello recogido en una tirante cola de caballo y de mi carita de niña buena! En cuanto hice la Primera Comunión y me cortaron la melena con ese corte de chico que me dejaron, ahí empezó a torcerse mi camino.

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