La mascletà (versión real, menos edulcorada)

22 marzo 2009 at 17:36 Deja un comentario

Pues sí, hemos decidido ir a la mascletá el domingo, que no trabajamos. Estamos un poco locos, lo sabemos: anda que no hay gente ya durante los días de semana normales; imaginémonos un domingo…  No me hace ninguna ilusión, para qué negarlo. El año pasado, mientras estuve viniendo desde Castellón a Valencia todos los días durante un mes, lo único que saqué en claro de las dichosas mascletás era el ruido y el agobio de la multitud.

(Llevo muy mal lo de las aglomeraciones de gente: no voy a la playa en agosto porque sólo puedo ir el domingo, y no soporto tanta persona junta; no me gustan los conciertos, no voy a las fiestas patronales, y cuanto mayor me hago menos aguanto en los pubs/discotecas/bares con música)

Salíamos del trabajo hacia las dos menos cuarto y ahí que nos íbamos, yo casi enganchada a la camiseta para no perderme, sin tener ni idea de por dónde me llevaban, enganchada al móvil por si en un momento me despistaba y me perdía. Y de hecho tuve que utilizarlo una vez, porque, sí, me perdí. “Manuuu, ¿dónde estás, que me habéis dejado atrás? -Aquí, en la cervecería de todos los días, ¿no sabes cómo llegar?” Pues no, porque voy con la cabeza baja, y sin mirar para los lados, como los burros, y me lleváis por tanta callejuela y tanto vericueto que no tengo ni idea, qué queréis que os diga.

Pero el caso es que allí nos poníamos, ellos con su pitillito y su cervecita, yo intentado poder ver algo, porque el sol me daba de frente e intentando también empaparme de la emoción, las ganas, el misterio, la ilusión de las dichosas fallas. Que digo yo que qué habrá de emocionante en el estallido de mil petardos a la vez…

Así que cuando este año se empeñan en que hay que ir a la mascletá el domingo, y de paso comemos en Valencia, y de paso vemos las fallas, ay, ¿en serio que no puedo quedarme tranquilita leyendo en casa? Pues no, no puedo, y además hay que coger el tren tempranito, porque así desayunamos en Valencia y buscamos el mejor sitio. Esa parte del plan me gusta, porque me apetece mucho una horchata y tomarme unos fartons recién hechos. Nos subimos al tren, y a esta hora hay sitio. Unos cuantos ciudadanos llevan el pañuelo a cuadros negro y blanco de fallas.

Hemos escogido un sitio estupendo, es cierto y esta parte la pasaré por alto porque para eso está La mascletà, entrada del 17 de marzo. Este año para mí sí ha habido emoción, ilusión y comprensión.

Con el ruido final, la multitud se ha ido dispersando y nosotros nos vamos a comer. El único sitio en el que hemos encontrado una mesa libre y que nos ha gustado es un restaurante italiano, en el que pagamos una cantidad no exorbitante pero sí exageradamente alta por un plato de pasta y un café. “No está mal de precio”, comenta Lucía. Bueno, quizá no para ser Fallas, en lo que todo sube un 110%, pero no pago eso un día cualquiera de un mes cualquiera.

Nos disponemos a recorrer las fallas por cada plaza de la ciudad. Lo bueno de ir con un valenciano es que cuenta todos los cotilleos: que si esta siempre gana el primer premio porque tiene mucho dinero, que si por esta calle más vale no meterse porque una se queda sin la cámara de fotos, que si esta es el barrio chino, que si esta falla es crítica con ciertas tradiciones, que si las falleras mayores sólo pueden serlo quienes tienen mucho dinero porque lo pagan casi todo, cosas así…

Las recorremos casi todas, aquellas que nos da tiempo, porque empieza a oscurecer y a bajar la temperatura. Tenemos un poquito de frío y ganas de volver a Castellón. Nos volvemos a la estación, caminando despacio, sin prisa, siendo conscientes de que esto se acaba por este año. Al llegar a la estación, para tomar el cercanías, una cola enorme ya está situada para subirse al tren. Señor, lo que nos espera. Iremos apretujados en el vagón, arrimando la cebolleta unos a otros, queramos o no. Hay que sacar el pañuelo perfumado, porque, madre mía, el hedor (sí, sí, hedor) que desprenden algunos cuerpos de los aquí apiñados es de escándalo, de aúpa, de impresión, de echar p’atrás, de padre y muy señor mío, de órdago, de agárrate y no te menees, del quince, de carallo… No es suficiente con echarnos casi una hora de pie (prácticamente todo el mundo se apeará en Sagunto, y ahí ya quedará algún asientillo libre), sino que además el olor corporal a sudor limpio brillará por su ausencia durante todo ese tiempo.

Maaaaadre, qué ganas de llegar a casa. ¡Qué mareo, mamasita! Déjadme sentarme en el suelo del vagón, en esta esquinita, que ya me da igual mancharme los pantalones, porque entre el cansancio y los olores… Lástima no haber traído la baraja de cartas para echarnos una brisca.

P.S: Por cierto, chicos, muchas gracias por todo.  Me lo pasé estupendamente e hicistéis muy fácil mi incorporación a la sociedad valenciana, jajajaja. Ya sabéis que aquí quemamos el Pórtico, y que estáis invitados. Podéis venir juntos o por separado. Besos

P.S 2: Gracias, Arale, por las expresiones equivalentes a “de impresión”

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La mascletà La importancia de las cosas, de Marta Rivera de la Cruz

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