En el aeropuerto

19 junio 2009 at 21:18 2 comentarios

Me gusta mucho viajar en avión, o en tren, o en autobús urbano. Me gusta porque así puedo observar a la gente. Me gusta imaginarme su día a día, a dónde van, por qué, si están tristes o alegres, si son pareja o sólo amigos, si estudia o trabaja, y en qué…


Ahora mismo me encuentro sentada en un banco del aeropuerto, delante de la puerta de embarque, esperando la llamada para entrar al avión. Delante de mí, a mi izquierda, se encuentra un señor de entre cincuenta y sesenta años, leyendo un gordo libro de bolsillo. Tiene el pelo cano, y lleva mostacho, también cano. El cabello está un poco más largo de lo habitual. A su derecha, separada de él por una silla de aeropuerto, está sentada una mujer. Cabello lacio, media melena, con una colorida chaqueta estampada en tonos rojos y naranjas. También está leyendo un libro de bolsillo. En principio no parecen tener nada más en común que eso. Llevan así un buen rato, embebidos en sus respectivas lecturas. De repente, sin motivo, ella se inclina hacia él salvando la distancia que los separa. Inclina todo su cuerpo y le comenta algo, en voz baja. Yo no puedo oírles. Él mueve la cabeza de izquierda a derecha. Dice que no. Y ella se aparta de él y vuelven ambos a concentrarse en sus libros.

A la derecha del caballero lector se encuentra un grupito de tres jóvenes de color. Son adolescentes. Uno de ellos, el más joven, de unos quince años o quizá menos, no deja de moverse. Ni siquiera se sienta un segundo. Parece estar nervioso. De hecho, besa una medallita de oro que lleva colgada al cuello. Quizás es la primera vez que se sube a un avión. O quizás es un rito que sigue cada vez que lo hace. Como los toreros besan sus estampitas antes de salir a torear. Sus otros dos compañeros, sus hermanos tal vez, parecen no hacerle mucho caso. A veces le comentan algo e intentan que se tranquilice y se siente, pero él parece demasiado agitado para ello.


Detrás de mí está sentada una joven de unos treinta años. No puedo verla, pero sí la oigo. Incluso sobre el sonido de la música que escucho en mi mp3. Comenta asuntos de trabajo. Parece que con su novio, pero no estoy segura. Entra otra llamada en su teléfono móvil y corta la conversación despidiéndose con un “cariño”, pero lo hace porque es más importante la persona que le está llamando que aquella con quien está hablando, por lo que parece. Sí, quien llama sí es su amor. “Hola, amor”, le dice, “creo que voy a embarcar ya; estaba hablando con…”


Delante de mí, y es ella quien me da la espalda, está una chica rubia. De media melena y cabello teñido con mechas. Lleva camiseta negra. Había volado conmigo ya en el vuelo anterior, el que nos trajo hasta este aeropuerto para tomar el avión que nos lleva a nuestro destino definitivo. Se levanta y se sienta, se vuelve a levantar y pasea por el pasillo. Tres muchachos de unos veinte años comentan su viaje a Gran Canaria, y que habían visto a una famosa, una actriz que participa en alguna serie de televisión, tomándose algo en un café; ella se habría dado cuenta de que uno de ellos la había reconocido; enseguida pasan a hablar de por qué razón el piloto de un avión no se pasea por el pasillo del mismo, y si se atenúan o no las luces de la cabina, porque es un vuelo de noche. Uno de ellos le dice a otro que desde que aprendió el verbo “atenuar” no ha dejado de usarlo, y bromea con él, “vas a gastar la palabra”.


A mi izquierda, en mi misma fila de asientos, otro chico joven, t ambién de unos treinta años, vestido con un traje gris y corbata oscura, sujeta su maletín con el ordenador portátil. Parece un serio ejecutivo, pero en su mano izquierda lleva tres anillos de acero o plata, en los dedos pulgar, medio y anular. Vendrá probablemente de alguna reunión o de vender algún producto a algún cliente en Madrid. O quizás no. Quizá, dada la hora, son casi las diez de la noche, esté esperando el avión que le lleve a su destino profesional, no a descansar a su casa.


No hay a mi derecha nadie sentado a mi lado. Estoy casi pegada a las pantallas que indican las horas y puertas de embarque. Pero sí enfrente de mí. Una muchacha de unos veinticinco años aproximadamente. Somos todos jóvenes en esta sala de espera. Pero los chicuelos que vuelven de su viaje, cuando han comentado un gesto que hice en respuesta a un divertidísimo comentario suyo, me han llamado “mujer”, no “chica”, señal de que aunque no me lo parece, para ellos estoy en esa edad indefinida en la que todavía no soy “señora”, pero tampoco “chavala”. En fin, algún día tenía que llegar este momento, y hace ya unos años que estoy en él, por lo que parece.


Nos están llamando para embarcar. Nos vamos levantado y agarrando nuestros bártulos, camino de la fila para entregar el billete y el documento de identidad. Detrás de mí se sitúa la pareja que estaba leyendo. A mi lado una mujer rubia, con el cabello peinado muy liso y dos horquillas a cada lado recogiéndolo. Al principio, me parece una famosa de medio pelo, de esas que son populares porque las entrevistan en determinados programas los fines de semana; era la esposa del alcalde de una localidad turística hasta que él la dejó por una cantante de copla. Pero cuando me pide que deje pasar a una madre que lleva en brazos a una preciosa bebé de unos pocos meses, me doy cuenta de que su acento ni su voz son los de esta otra mujer. Pero son increíblemente parecidas: en su vestir, su corte de pelo, sus gafas de sol… Cuando estoy en un aeropuerto, o en un supermercardo, o en cualquier otro lugar cerrado con luz artificial, me pregunto por qué lleva gafas de sol la gente. Quizás en este caso para disimular arrugas, patas de gallo… Quizás le moleste incluso la luz de los focos. Quizás tenga algún problema de visión…


Vamos pasando lentamente, enseñando nuestros billetes. “Su billete, gracias”. “Gracias”, contesto. ¡Cuesta tan poco esa palabra! y sin embargo, se dice también tan poco. Embarcamos. Me toca cerrar mi libreta de notas, abrocharme el cinturón de seguridad y prepararme para volar a mi destino… Hoy es el inicio de una nueva vida, y sin saberlo, este avión y su tripulación me llevan hasta ella.

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Desde la séptima planta de este hospital Mis vacaciones de verano 2008

2 comentarios Add your own

  • 1. data  |  8 diciembre 2009 en 19:44

    uy que intriga con la última frase del texto, no habras ido a parar a una isla en la que habitan unos extraños seres que no se dejan ver y ocurren cosas misteriosas como humos negros y osos polares jajajajja…es broma, me ha gustado el texto, de hecho parece el inicio de una aventura detectivesca, de la forma que estas presentando los personajes al menos lo parece…

  • 2. Kaia  |  9 diciembre 2009 en 12:36

    Anda, tendré que volver a leerlo, a ver si me da la misma sensación que a ti.

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