La presencia (o el misterio de la anciana de la silla de ruedas)

10 julio 2009 at 18:50 Deja un comentario

espejo_o_calavera

Dicen en el barrio que el edificio está construido sobre una vieja casa en la que vivía una anciana postrada en una silla de ruedas. Dicen que un promotor inmobiliario se encaprichó del terreno que rodeaba la casa y su buena situación para poder construir un edificio de cuatro plantas, bajo y garaje, con cinco pisos por planta. El promotor visitó a la anciana en varias ocasiones para intentar convencerla de que le vendiese la casa y el terreno, pero en todas esas visitas la mujer se negó. Allí había vivido toda su vida, habían nacido sus hijos, y los había criado, a ellos y sus nietos; allí estaban sus recuerdos y su historia. El promotor, entonces, negoció con los hijos y nietos de la anciana, pero tampoco dio resultado. Ella volvió a negarse y no consiguieron convencerla. El promotor echó mano de las amenazas, los insultos, las coacciones: le cerraba el paso del agua; le cortaba la luz; le dejaba animales muertos en su puerta; le enviaba matones para que la asustasen… Pero ella se negaba una u otra vez y afirmó que sólo muerta conseguirían echarla de su casa. Y un radiante día de verano, cuando nadie se lo esperaba, la anciana apareció muerta en su silla de ruedas. Los médicos dijeron que el corazón se le había parado de tanto vivir, pero por el barrio dicen que la envenenó el promotor. El día anterior se le había visto saliendo de casa de la anciana. Afirmó que había ido a tomar un café para hacer las paces, que ya no le interesaba la finca pues tenía otros proyectos, que la había dejado tranquila y feliz. Afirmaron sus hijos y nietos que el corazón se le paró de felicidad al ver que su casa ya no era codiciada. Pero por el barrio corre el rumor de que su cara estaba crispada por el dolor, de que sus manos se aferraban a la silla y de que sus vecinos la oyeron gritar que nunca, nunca, ni siquiera muerta, conseguirían expulsarla de su casa.

Un año más tarde, en aquella finca, se levantaba el edificio soñado por el promotor: blanco, en forma de cubo y con grandes ventanales. Cinco pisos por planta, de dos habitaciones, dos baños y gran salón. Un enorme garaje. Había ya moradores en el edificio. Jóvenes parejas, jóvenes solos, familias en proceso de creación. Todo parecía ir bien, hasta que de repente alguien, o algo, empezó a cortarles el agua; la luz iba y venía, y se quedaban a oscuras o se le estropeaba la comida del congelador; la puerta del trastero se cerraba de repente; delante del garaje se acumulaba más basura cuanto más se limpiaba y era imposible eliminar aquella acumulación de agua: los coches resbalaban cuando enfilaban la rampa y se golpeaban contra la pared; el portón se cerraba repentinamente y los atrapaba; a los vehículos de los vecinos se les estropeaba el embrague, o la inyección, o la correa de transmisión. Hubo vecinos que tuvieron que acudir al hospital por tontos tropezones en la escalera. El ascensor se paraba entre dos pisos.

Pero lo peor era la presencia.

La presencia se notaba en el crujir de una tabla del parqué del pasillo cuando no había nadie más en casa. La presencia se notaba cuando la luz de la habitación cambiaba y una sombra se asomaba a la puerta, como vigilante. Cuando uno sentía que pie,  a la vera de su cama, alguien le observaba; y al encender la luz, no había nadie. O cuando alguien respiraba a su lado. La presencia se notaba cuando se escuchaba el crujir del aluminio del quicio de la ventana. Cuando, al ducharse, les invadía la sensación de estar siendo vigilados.  La presencia se notaba en las manchas del suelo que desaparecían al limpiarlas y volvían a aparecer al día siguiente; manchas curvas que parecían marcas de  ruedas. La presencia se notaba en los pequeños crujidos que se oían por la noche, en los golpes en las persianas, en el ligero susurro que sonaba en el salón, en el suave golpeteo que se oía de vez en cuando. Cuando, al dormir, un peso oprimía el cuerpo dormido, como queriendo ocupar su puesto en la cama.

La presencia se notaba cuando el corazón latía desbocado, la respiración se agitaba, la cabeza se volvía esperando ver quién estaba detrás de nosotros, pero… no había nadie.

P.S: Gracias a J.G. por contarme en el más absoluto secreto el misterio de la anciana en la silla de ruedas.

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La bastarda de Estambul Trilogía Millennium, de Stieg Larsson

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