Lecturas del verano 2009

6 agosto 2009 at 20:41 1 comentario

DSCF1959Padezco dos enfermedades serias; por desgracia, no son contagiosas; afortunadamente, no son dolorosas (al menos en el sentido físico; en el económico, en fin…); por suerte, estoy encantada de padecerlas. A una le he encontrado nombre; creo que me lo he inventado, pero puede ser que exista de verdad, o que alguien haya tenido antes la misma brillante idea que yo: bibliofagia, esto es, que como libros. Más bien, los devoro, me los zampo, me los trago, y si utilizo metáforas o hipérboles, ya puestos, casi diría que los fagocito. Y pese a que tengo momentos en los que guardo dieta, ahora mismo no hay en mi vida nada que me interese más que engordar de literatura, que engullir letras y puntos y comas y signos de interrogación o exclamación, párrafos enteros que me conduzcan a devorar novelas enteras, de cualquier género, condición, valor o autor. En este momento, no tengo control sobre mi propia adicción.

Para mi otra enfermedad no he encontrado nombre todavía. Pero puesto que hay denominación para todo tipo de filia y fobia, he buscado y rebuscado alguno para esta. Y tampoco he conseguido que mi imaginación o mi conocimiento del latín y del griego clásicos (lo que recuerdo de ellos, claro) me den un vocablo adecuado. Empero, su descripción es sencilla: compulsión por la compra de libros. Como si los coleccionase, o como un enfermo del síndrome de Diógenes, compro compro y compro libros. Literatura romántica, de los Siglos de Oro, costumbristas, rosa, de intriga, históricas, relatos o cuentos, humorística; ensayos de Historia, de Política o de Empresa; libros de recetas, de poesía, de jardinería; infantiles… Compro y compro, con la intención de leerlos, por supuesto, pero no tengo horas ni días ni vida para terminar todo lo que tengo pendiente. Algunos desde hace meses, otros desde hace años… Y ya estoy empezando a pensar en poner estantes sobre las puertas y en el pasillo, porque ya ni en casa de mis padres queda sitio para tanto papel encuadernado.

Habitualmente, como podrán suponer, estos dos males (no, no les llamemos así: estas dos virtudes) van de la mano. Cuando una empeora, lo hace la otra. Si no tengo muchas ganas de leer o si estoy en un momento más relajado en este aspecto, tampoco tiro mucho de la cartera, sino que aprovecho para comenzar alguno de los que tengo. Reviso las estanterías con calma y me doy cuenta de que, ¡caramba!, si tenía esta novela aquí; ¿y cuándo me la compré? O esta otra, ¡vaya!, con lo que me apetecía leerla. Y, mira, caray, si tengo este denominado estudio de las diferencias entre hombres y mujeres que, sí, ya recuerdo, compré por curiosidad. Y de estos tesoros olvidados echo mano en esos momentos de descanso de la pasión lectora que ahora mismo recorre mis venas.

Si el mes de julio me ocupó con la trilogía de Millennium, varias novelas rosas, el nuevo de Matthew Pearl (que, por cierto, he acabado hoy), capítulos sueltos de Las olvidadas, la revista Vanity Fair (que tiene mucho que leer) y El gran Gatsby, para lo que queda de verano, antes y durante mis vacaciones, viajaré a Irlanda para acompañar al joven doctor Barry Laverty en sus primeros días como médico rural; recorreré el mundo siguiendo las rutas que marque en el Atlas Maior de Joan Blaeu, como si viviese en el 1665; me sentaré el teatro de mi imaginación para por fin leer completas las comedias de Shakespeare (dejaré las tragedias para el invierno); acudiré a varias fiestas de la nobleza inglesa de los siglos XVII al XIX para apoyar, aconsejar y vigilar los romances de sus duques y condes; consolaré a Nikki Eaton por la muerte de su madre y la apoyaré en ese año crucial en el que descubrirá la medida del amor de su progenitora; al fin Jean Cannavaggio podrá contarme sobre Cervantes lo que lleva años intentando, tantos que ya está descatalogada esta biografía revisada; con Gill y sus dos hijas escucharé las cintas grabadas que dejó Rosamond antes de morir y con ellos conoceré la historia de la tía de Gill desde los años cuarenta hasta hoy y de tres generaciones de mujeres; o anarquistaCamilo Sabio Doldán contarame a súa vida na guerra, no cárcere e no exilio na loita pola liberdade; rematerei os contos made in Galiza que deixei pola metade no Nadal; e volverei dar saltos no tempo e no espazo para visitar a Einés Andrade no século XVII e ulir as herbas mouras; recordaré todos los cursos completos en Torres de Mallory; y casi treinta años después recuperaré mi amistad con la pequeña Dorrit, porque quizá sea ahora el momento de comprender lo que no entendí entonces.

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Día mundial de los sin techo Ay, las vacaciones del verano 2009

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  • 1. anama  |  7 agosto 2009 en 12:19

    Todos necesitamos vías de escape por cuestiones de “higiene mental”. La mía también son los libros aunque creo que estoy todavía un escalón por debajo de tu caso jejejeje, puesto que yo no compro.
    Y más que la metáfora de la “enfermedad” (aunque he entendido perfectamente el sentido” yo utilizo la de “terapia”…
    ¿Sabes cuánto me ayuda la literatura fantástica en esas épocas de estrés en las que una se agota? ^^
    Si es que qué sería de nosotras sin “nuestros libros”, verdad?
    Ay, cuánto te entiendo… cuánto…
    Besazos ^^

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