“Contra el viento del norte” y “Cada siete olas”, de Daniel Glattauer.

21 noviembre 2010 at 15:45 Deja un comentario

Emmi quiere dar de baja la suscripción a una revista. Para ello, envía un correo electrónico a la dirección de e-mail de esta publicación. Tras varios correos sin respuesta, envía otro amenazante. Curiosamente, quien le contesta no es nadie de la revista, sino Leo Leike, a quien por error, al cambiar de lugar una letra de la dirección, ha estado enviado los correos anteriores.

A partir de ese momento, entre ambos se establece una relación epistolar moderna. Epistolar, porque se intercambian verdaderas cartas: sociales, en las que comentan su día a día; amorosas, en las que se sinceran; sensuales, sobre todo Leo cuando está borracho… Moderna, porque no es necesario esperar semanas para conocer la respuesta del otro: en segundos, el destinatario y los lectores sabemos qué piensa, qué dice, qué siente.

Las dos novelas abarcan un período de casi tres años, en los que sentiremos el deseo creciente de los personajes; el dolor por la separación; la angustia por la falta de respuesta, por el silencio del otro; los celos; los miedos ante la urgente necesidad de conocerse; la huida, la cobardía, el temor, el resquemor… También la cotidianidad de sus vidas familiares, los pequeños momentos del día, las copas de vino compartidas virtualmente… Pero sobre todo, la sensación creciente de que para todo tiene que haber un final, tiene que llegar un momento, y que el resultado cambiará todo lo vivido y experimentado. E-mail a e-mail, en una espiral de dependencia que todo lo abarca. Su historia de amor y dudas nos va atrapando hasta envolvernos en ella.

De cualquier manera, he de confesar que, de ambos, el personaje que más me ha gustado ha sido Leo. Emmi, por momentos, me resulta demasiado cínica, mientras que él, en su contención (que sólo rompe cuando se emborracha en soledad), es más honesto en todo momento.

Y no pienso contar más. Excepto que para estos fines de semana de lluvia, es la lectura perfecta para pasar un buen rato sentados en el sofá, con la música de Ólafur Arnalds (a quien acabo de descubrir, y quiero compartir con vosotros) de fondo.

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Agradecida y emocionada, solamente puedo decir… Gotas de lluvia, tarde de domingo.

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