Abusos

15 abril 2011 at 13:30 1 comentario

Fotografía de Javier Lesta.

Por I., que me permite contarlo. Y por todas aquellas a quienes no conozco, pero han pasado por lo mismo.

Cuando una adolescente sube al coche de un adulto conocido para que la lleve a casa, no espera que nada cambie. Puede ser su tío, un amigo de sus padres, el entrenador de su equipo, un profesor de cualquier materia, el padre de su mejor amiga, un amigo de su hermano mayor… Cualquiera en quien confía.

Pero el vehículo se para en un lugar que no es delante de su casa. Y el hombre se acerca a ella, la besa, la abraza y toca sus pechos púberes. Murmura algo. Algo quizás como “Siempre quise hacer esto” o “Me moría por hacer esto”. Algo que ella ni escucha.

Ella ni escucha ni ve ni siente. Su alma se aleja de su cuerpo bloqueado. Quizás es eso, que no se mueve, lo que aparta al hombre. Esta niña tiene suerte. Porque arranca el automóvil y la deja en la puerta de su casa.

Ella entra y saluda a su familia. En su habitación se desnuda, se pone el pijama y se mete en cama. Y su espíritu, ese que se separó de ella, no regresa durante el sueño. Lo olvida todo. O parece relegar al olvido esa noche.

Cuando consigue contarlo, algo más de diez años después, me queda claro que las palabras salen del rincón más apartado de la esencia nueva que forjó aquella noche de sueño.

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Aroma de glicinias “Trece badaladas”, de Suso de Toro

1 comentario Add your own

  • 1. Sigrid de Thule  |  20 mayo 2011 en 18:45

    No creo que haya nada bueno en un abuso. Nada. Pero si algo hay de positivo en algún momento, es que tú hayas dado voz a esa niña para comprender lo que le había pasado. Y para que nadie, absolutamente nadie, lo ignore y haga como que aquí no pasa nada.

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