“Un segundo amanecer”, de Charles Martin

2 mayo 2011 at 23:13 Deja un comentario

Cuando me regalaron esta novela, lo cierto es que pensé que, pese a que leo  de este tipo de novelas románticas, no pegaba mucho conmigo. Así que cuando comencé a leer el periplo de supervivencia de Ben y Ashley, tras un accidente aéreo, perdidos sin posibilidad de ser encontrados en unas montañas nevadas, no esperaba mucho de ella.

Desde luego no esperaba las emociones que estimuló en mí. Y no por las descripciones de las heridas de Ashley o de los esfuerzos de Ben porque ambos sobrevivieran, por ejemplo; de los empeños en salir del lugar en el que la avioneta se estrelló para poder ser localizados en algún momento, o más bien, para llegar a algún lugar habitado. Activó esas emociones la narración de la historia de Ben y Rachel, de la que somos testigos los lectores y Ashley. Rachel, la esposa de Ben, está presente toda la lectura, no sólo a través de las grabaciones que él le va haciendo para que conozca lo que está sucediendo, sino a través de los recuerdos y de las conversaciones entre ambos protagonistas.

O imágenes como la del alce hembra que permanece horas al lado de su cría muerta y despedazada por los lobos, mientras nuestro protagonista está agazapado esperando para arrancar la carne del cachorro y poder comer unos días, consiguieron no sólo emocionar a Ben, quien la presencia, sino también a mí. Y creedme a cualquiera de vosotros por duro que tengáis el corazón. Aunque me pregunto cómo no vi venir el final, cuando era el final que esperaba.

Pero a pesar de lo trágico, tiene momentos graciosos. Porque, veamos, a una mujer que se pasa un mes con una pierna rota en las montañas sin civilización, está claro que el vello de las piernas le crece. La descripción del roce de las manos de él en las piernas de ella es de lo más simpática. Al leerla me dije que efectivamente era real, y no como en las películas, en las que la protagonista siempre está perfectamente depilada.

Dice Ben en algún momento, y con esto me quedo: “La gente que se rompe en mil pedazos, sólo tiene que volver a unirlos (…) Puede que en algún momento todos nos hayamos sentido completos. Un todo que conforma un único dibujo. Una imagen clara. Pero algo pasa. Las piezas saltan, se separan, se desparraman. Algunos nos rompemos en mil pedazos. Otros en diez mil. A algunos se les desgastan las esquinas y los bordes se vuelven afilados. Otros se oscurecen con sombras grises. Algunos se dan cuenta de que les faltan trozos. A otros les sobran. En cualquier caso, todos terminamos moviendo negativamente la cabeza. La imagen no se puede rehacer. Entonces llega alguien y arregla una esquina o te devuelve una pieza, una parte de ti que habías perdido. El camino es lento, doloroso y no hay atajos. Cada vez que te parece haber encontrado uno, resulta que no lo es. Pero de algún modo, a medida que avanzamos, conforme nos alejamos del desastre, del momento y el lugar en que todo saltó por los aires, algunos trozos parecen encajar e incluso formar un dibujo, todavía incompleto, desenfocado, pero ahí está. Nos detenemos y lo miramos de reojo. A lo mejor… puede que…“*

*El subrayado no es mío, sino que aparece así en la novela (p. 328)

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Siempre Bricolaje de almas.

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