Confieso que yo lo maté.

6 julio 2011 at 14:17 Deja un comentario

Lo sé.

Sé que matar está mal, que no debí haberlo hecho, pero me fue imposible evitarlo. Lo intenté pero no pude.

Era tan pesado, tan cansino. Estaba todo el tiempo a mi alrededor. Si me iba a la derecha, él se venía para la derecha. Si me movía a la izquierda, él se movía conmigo para la izquierda. Era insoportable. Lo sentía todo el rato detrás de mí, a mi lado, delante de mí. Siempre presente, siempre vigilante.

Estaba muy agobiada. Mucho. Ya sé que no es una excusa válida. Ya sé, ya, que no es un argumento de suficiente peso. Pero no podía más. ¡No podía más! Estaba desesperada. Le oía a cada momento. Como un zumbido permanente en mi cerebro. Zuuuum zuuuum. No podía dejar de oírlo. Era tan molesto ese sonido. ¡Tan molesto! Tienen que entenderme, ¡tienen que entenderme! No tenía otra opción. ¡No tenía otra opción! No había otra manera de librarme de él.

Porque le abrí la puerta y le pedí que se fuese. Se lo supliqué. Le grité. Le tiré todo tipo de objetos. Pero él seguía allí, insistente, satisfecho, persistente, rodeándome a cada paso que daba. Fue superior a mí, ¡fue superior a mí! ¡Dios mío! No pude evitarlo, ni siquiera fui consciente de lo que hacía.

Así que esperé a que se quedase quieto, a que se posase encima de la mesa. Cogí la zapatilla, la alcé y con todas mis fuerzas ¡le golpeé! ¡Sí! Le golpeé. Y tomé su cuerpo despanzurrado con asco y lo tiré por la ventana.

¡Maldito moscardón!

Fotografía de Laura Viviani, extraída de arteyfotografía.com.ar

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Fenomenología. Los mejores momentos de la vida.

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