No sé si casarme o comprarme un perro (Paula Pérez Alonso)

27 febrero 2010 at 20:04 2 comentarios

No tengo claro cuáles fueron los procesos mentales que me llevaron a recordar esta novela. No sé muy bien qué engranaje se salió de su lugar y me trasladó a casi nueve años atrás. Quizá el que quise llorar y no pude, que la pena  se enredó en mi garganta y no llegó a convertirse en lágrimas. Y me di cuenta de que es posible que una de las veces que más desconsoladamente lloré sucedió mientras leía esta novela.

Y no es que la hubiese leído en un momento duro o complicado o doloroso. No. Cuando la compré era especialmente feliz: mi nuevo trabajo era simplemente perfecto, nuevos amigos estaban entrando en mi vida, y el amor flotaba en el aire. Por eso la escogí: su título sugería momentos de sonrisas, quizá hasta risas, momentos agradables al fin. Una lectura amable, de esas perfectas para un domingo por la tarde de lluvia y frío; de esas que no obligan a pensar, y que alegran la vida.

Sin embargo No sé si casarme o comprarme un perro es una novela hipnótica y exigente, que nos envuelve con sus redes en círculos concéntricos cada vez más apretados hasta ahogarnos. No recuerdo mucho de la trama, pero sí de la angustia que me producía cada párrafo a medida que iba avanzando en la historia de Juana, Cris, Max y Horacio. Me acuerdo de la llantina, la agonía y el abatimiento. Me recuerdo tirada en la cama, los brazos en alto sosteniendo el libro, y no poder parar de llorar, encogiéndome de desesperación. Quizá lo que sucedió fue que tanta felicidad provocó poca resistencia a la congoja. Quizá es que esta es un novelón, no por su extensión, pero sí por su capacidad para recogernos en un estrecho abrazo y no soltarnos hasta que la hayamos acabado, o hayamos terminado por tirarnos por la ventana. Y os juro que lo pensé en algún momento, que iba a tirarme por la ventana.

Algo así me ha sucedido tan solo con A la caza del último hombre salvaje, de Ángela Vallvey. Lo compré por su título desenfadado, por el argumento en teoría inocente, pero… ay, si el río en cuya orilla lo estuve leyendo hubiese sido más profundo me hubiese tirado de cabeza, porque me entraron unas ganas de hacerlo más que insoportables.

Es cierto lo que nos cuentan en la contraportada: “la vida real pocas veces respeta el humor (…), también puede convertirse en una pesadilla que arrastre a los cuatro amigos hacia un destino incierto”. Arrastra también al lector a esa pesadilla en que se convierte la lectura si consigue identificarse con ellos, con sus miedos y agonías, con sus temores, dudas e incertezas.

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El pelo negro La primavera

2 comentarios Add your own

  • 1. Isi  |  5 marzo 2010 en 9:56

    Vaya, pues está bien que lo digas, porque efectivamente el título hace que te imagines todo lo contrario. A mí me encantan las novelas que te hacen meterte tanto en la trama, que te hacen reír o llorar… está bien para desahogarse 😉

  • 2. Pau Jime  |  8 febrero 2011 en 22:07

    Me encanto ese libro!

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