Pero no vale la pena pegarse con nativo alguno
(Leer previamente)
Bajo la lluvia, los dos extraños se miran fijamente; las pupilas de ambos disparan invisibles dardos de seguridad en sus argumentos. Pero solo uno de ellos tiene razón, y lo saben. Sin piedad, la lluvia cala sus huesos mientras ellos se mantienen firmes al lado de sus vehículos, como dos pistoleros esperando a que el otro dispare primero. Aguardan la llegada de la Autoridad, de aquel que dirimirá la contienda, de aquel que decidirá quién de ellos ganará este duelo.
El hombre fuma un cigarrillo tras otro. La mujer (que vengo siendo yo) cruza los brazos sobre su pecho después de ajustarse la cazadora para protegerse de la lluvia. Mientras tanto, su amiga Carlota se sube a la acera para evitar ser atropellada por los vehículos que siguen, continuamente, circulando por esa calle. Y los transeuntes mirones del principio han seguido su camino, quizás meditando en que, pese a todo, no ha habido sangre, lástima; otros van ocupando su lugar, en ese continuo pasar de gente en una ciudad.
Cuando por fin llega el motorista ambos saben que la tensa tregua que han pactado de manera tácita durante la espera acaba en ese momento. Cada uno debe volver a exponer sus argumentos. Kaia cede la palabra al hombre, quien enciende un nuevo cigarrillo. Haber dejado que él hablase primero fue un gran error, porque a cada nueva palabra el enojo de ella crece más. Aconseja entonces nuestro amigo que demos parte a nuestros seguros. Y curiosamente, el hombre ahora no se opone. Cuando Kaia le recuerda que eso ya lo había propuesto ella, él la llama mentirosa y le acusa de cambiar su versión. Sí, definitivamente, ella está a punto de perder los nervios…
-Mira, colega, lo que tú eres es…
Calma, Kaia, piensa; no vale la pena llamarle eso que estás pensando. Afortunadamente, piensa lo mismo el policía, que la sujeta del brazo para calmarla y le aconseja “calma, calma, no perdamos los nervios”. Eso, no los perdamos, porque si los perdemos… No lo hagamos, además, porque Kaia sabe que las normas de tráfico están de su parte, y que resulta más inteligente en este momento dejar creer al hombre que es el poseedor absoluto de la razón. Incluso le permite redactar el parte amistoso, con alguna sugerencia, alguna pequeña corrección, alguna concesión, mas al final obteniendo el resultado que ella espera; el esquema del accidente lo diseña el policía y lo dibuja ella en el parte. Acaba Kaia de utilizar todos esos cursos de liderazgo y gestión de conflictos que en su empresa han tenido a bien facilitarle para llevar la solución a su terreno.
Porque os preguntaréis, ¿ah, sí? ¿cómo acabó finalmente? Con una invitación para tomar un café por parte del hombre, el intercambio de tarjetas de visita por si surgía algún problema o había algo que solucionar y un apretón de manos. Pero sobre todo con la llamada de la compañía de seguros para confirmar que, efectivamente, la razón estaba de parte de nuestra amiga (o sea, de mí) y que la compañía del otro conductor se hacía cargo de todo.
Moralejas.
1) Chicas, en una situación como esta, ante todo serenidad, y pensad en que, si tenéis razón, la verdad acabará saliendo y es mejor no discutir con tarugos. Pese a que me han quedado ganas de llamar al mequetrefe y aconsejarle que
2) empeñarse en el error solo lleva a perder el tiempo, la calma y la salud; además, polemizar con quien trata razonablemente de llegar a un acuerdo beneficioso para el otro sabiendo que está perdiendo es no solo ridículo, sino absurdo y diría más, ¡de tontos del bote!
3) Nunca jamás propondré a alguien que me haya dado un golpe en el coche que se vaya, que no pasa nada, que total solo es una rayita.
1 comment 23 Enero 2010
Lo mejor de la vida, de Rona Jaffe

Lo mejor de la vida se publicó en EE.UU por primera vez en 1958. Pese a ser un éxito de ventas en este país, nunca se había publicado en castellano hasta este año, en la editorial Lumen.
Y no es de extrañar, porque las historias de estas cuatro jóvenes de unos veinte años que se conocen debido a su trabajo en el grupo editorial Fabian no pasarían la censura en España. En esta novela, su autora narra sin tapujos la vida cotidiana de las mujeres trabajadoras en el Nueva York de los 50: sus sueños e ilusiones, sus fracasos, aquello que tienen que soportar… En el prólogo a la edición española, Rona Jaffe comenta “yo no sabía si las cosas que nos pasaban a mis amigas y a mí eran raras o no, así que me entrevisté con cincuenta mujeres para ver si habían tenido las mismas experiencias con los hombres, con el trabajo y con todas las cosas de las que nadie hablaba en público porque eran de mal gusto”.
A medida que vamos leyendo, se nos descubre qué es todo esto de lo que no se hablaba: el acoso laboral, p.ej, pero también y, por supuesto, el sexual: ¿cómo no iban a producirse escenas como la que Barbara tiene que soportar con el señor Shalimar si los hombres se creían superiores a las mujeres, y sobre todo, superiores a esas jovencitas? ¿Cómo no iba Shalimar a abusar de esa manera de ella si nadie, ni una sola mujer que hubiese soportado sus tocamientos, ni un solo hombre que lo hubiese sabido, había nunca hecho nada para impedir que continuase?
Pero también el aborto, al que una de las protagonistas se ve obligada casi sin poder decidir, puesto que lo hacen por ella. O el amor obsesivo, que conduce a un final trágico a una de nuestras protagonistas, y del que nadie parece ocuparse para proporcionarle ayuda; ni tan siquiera quien lo padece.
Desde nuestra perspectiva, los comportamientos y actitudes de Caroline, April, Gregg y Barbara, así como del resto de mujeres que trabajan en esa oficina, se nos presentan anticuados, trasnochados… Su obsesión por el matrimonio, o el mismo hecho de que algunas abandonen sus trabajos después de casarse para ser esposas y madres (las que más aguantarán lo dejarán en cuanto se queden embarazadas). Es esto, precisamente, lo que hace grande a esta novela: el que las mujeres de hoy en día podamos apreciar con claridad lo mucho que se ha avanzado en estos años. Si todo esto sucedía en los avanzados EE.UU de los años 50, ¿qué no pasaría en la España de la dictadura? Hoy en día, se nos hace imposible de creer que un jefe pudiese sobar y besar en público a una “subordinada” sin que nada suceda; o que una joven descubra que hay otras opciones en la vida para ella además de ser ama de casa (de todas maneras, su intención es combinar ambos aspectos, así que no es que sea revolucionaria del todo esta novela).
De las cuatro protagonistas, Barbara es quien se lleva mi admiración, mi personaje favorito. Pero tengo que reconocer que mi debilidad es Mike Rice: este hombre torturado, alcoholizado para olvidar, que vive su amor hacia Caroline carnal y sensiblemente al mismo tiempo; que no duda en confesarle que piensa en ella todas las noches y se excita con ese pensamiento, pero que, pese a todo, su relación será exclusivamente mental, que le propone sin pudor que piense en él a la misma hora y así mantengan una relación sexual tan ¿rara?; quizás no: era el cibersexo de los 50. Es, junto con David Wilder Savage, uno de los personajes masculinos más fascinantes de la novela.
Su estilo narrativo es descriptivo, con lo que los párrafos son breves y las frases, telegráficas. Comentando esta novela con amigas, algunas han criticado esto como uno de sus puntos débiles. No lo creo, teniendo en cuenta además que es la primera novela de la autora, y que la escribió en cinco meses, dice. Quizá este estilo responda a la necesidad de dar más importancia a lo que dicen los personajes que no a lo que hacen. De hecho, no lo es cuando es necesario entender y conocer sus actuaciones para poder comprender las consecuencias que de ellas derivan; o cuando nos deja involucrarnos en sus pensamientos y dudas. He de reconocer que las 150 primeras páginas se me hicieron difíciles y la cosa no me iba gustando, pero… cuando me decidí me la leí de un tirón (me encantan los domingos lluviosos que me permiten decir que me quedo en casa leyendo), así que está claro que engancha y satisface su lectura.
P.S: En 1959 Joan Crawford, Diane Baker y Hope Langue, entre otros, protagonizaron The Best of Everything (en castellano la titularon Mujeres frente al amor, que ya hay que tener narices), basada en esta novela. Los guionistas de la serie Mad Men han explicado que también se han basado en ella para sus guiones. Por cierto, la película es dificilísima de encontrar; pero, como más vale algo que nada, aquí va la canción principal.
2 comments 20 Octubre 2009
El mejor comienzo de vacaciones es pegarse con un nativo, sin duda
NOTA PREVIA: El vídeo de introducción no tiene nada que ver con el contenido de la entrada, pero me gusta ¡qué caray!
Es un día perfecto. Pese a la lluvia intermitente e impertinente que nos acosa por todos lados y pese a lo gris que está el cielo. Es perfecto porque oficialmente hoy da comienzo nuestro viaje por esta ciudad y sus alrededores. ¿Qué más para que todo nos llene de felicidad y nos sintamos alborozadas mientras nos subimos al coche, como Telma y Louise, dispuestas a iniciar sus excursiones por estos parajes? Lo único que espero es que no acabemos como ellas. Me siento, con todo, un tanto acongojada, aunque intento no manifestar mi miedo en demasía. Ya estuve hace unos años en esta ciudad y el tráfico era horroroso. Vehículos de todo tipo me atacaban en la circunvalación de entrada. El nudo en mi garganta me atenaza, pero la sonrisa que me muestra mi amiga Carlota es suficiente para que me sobreponga al miedo que me dan estos ciudadanos al volante de sus automóviles y me disponga a enfrentarme a ellos con valor.
Allá que vamos. Música a un volumen razonable, para no aturdirme, y sobre todo porque estoy siendo benevolente y lo que estamos escuchando en mi coche es… ¡la banda sonora del musical de ABBA! ¡Horror! Que sí, que me encanta ABBA desde que era pequeña, pero ¡la banda sonora del musical, no, por favor!
Como dije, el tráfico horroroso. Intenso para las once de la mañana que son. En esta ciudad la gente debe de entrar a trabajar a las doce del mediodía. Antonio, la voz de mi navegador (me imagino que llevo a Robert Redford en el coche dándome instrucciones), me dice que en unos metros tengo que girar a la izquierda. Como voy por el carril del medio, ya dentro de la ciudad, intentaré pasar al de la izquierda en cuanto pueda, pero no es ahora el momento porque hay un vehículo que está asomando el morro desde un cruce y se mete el tío. Así que yo paso al carril de la izquierda detrás de él.
¿Y qué hace? Pues se detiene y pone los dos intermitentes. Anda, quiere aparcar. Pues no va a poder hacerlo, porque yo estoy detrás. A una distancia suficiente de él, la justa, pero no la necesaria para que realice la maniobra. Pero el nativo en cuestión considera que sí, porque empieza a girar su vehículo. “Pita pita”, dice Claudia, “para que se dé cuenta de que estás detrás, porque este no ha mirado por los espejos”. Y doy un bocinazo, y dos. Y él sigue dando marcha atrás. Y lo siguiente que se oye es el crujido del parachoques golpeado por su defensa. ¡Por todos los demonios! Pero este tío ¿es idiota o qué? Menuda estúpida manera de fastidiarnos el día.
Afortunadamente, lo que había sonado como un super golpe que parecía que el coche tendría una abolladura supina y sobrenatural es un rascacito que afea, pero no impide continuar viaje ni nada. Así que, generosa como soy, buena persona y todo eso, le comento que “no pasa nada, hombre, ni se nota; no damos parte ni nada y ya”. Eso sí, previamente he tenido que oírle decirme que la culpa era mía porque me puse detrás de él cuando estaba aparcando y que, además, le pité después de que me hubiese dado el golpe. Teniendo en cuenta estas amables palabras del fulano en cuestión, debí haberme dado cuenta, mujer curtida en hombres incompetentes, que su respuesta iba a ser:
-¿Cómo que no damos parte porque tu coche no tiene nada? El mío, mira lo que le has hecho… (¿yo?) De eso nada, claro que damos parte porque tú tienes la culpa…
Su coche tenía lo que en principio creí que era un embellecedor (muy feo, por cierto) arrancado de su sitio. Luego supe que eso era un detector de obstáculos, que precisamente sirven para que, mediante señales acústicas, el conductor sea advertido de que ¡vaya! hay un obstáculo detrás. Entre sus pitidos insoportables y los míos desesperados, debería haberse dado cuenta de que… tenía un obstáculo detrás.
Que si la culpa es tuya, que si es tuya, que no, imbécil, que es tuya, que si tú te pusiste detrás, que como me iba a poner detrás, hombre, ¿te crees que soy tonta o qué?, que si no estabas cuando me puse a aparcar, que si hubieses mirado por el espejo retrovisor me habrías visto que mi coche es grande, que sí que lo hice y no estabas… Todo esto bajo la lluvia, sin paraguas ni chubasquero, estropeando mi peinado y empapándome. Así que le digo que, venga, que vamos a hacer un parte amistoso y ya. Y el paisano contesta “sí, hombre, y un parte amistoso, ¿qué quiere decir? ¿que la culpa es mía?” “Bueno, a ver, la culpa es tuya, pero “amistoso” quiere decir que pasamos parte a las compañías de seguros y que ellas se arreglen”.
-Sí, hombre, de eso nada. Llamamos a la policía y que ellos levanten un atestado, porque la culpa no es mía -dice él.
Y lo dejo aquí por ahora, como en las novelas por entregas del s. XIX, porque me está quedando muy largo, y luego recibo quejas. Próxima entrega, próximamente, valga la redundancia
2 comments 25 Septiembre 2009
Ay, las vacaciones del verano 2009

¡Malditas vacaciones de agosto! Mis patas de gallo del ojo izquierdo se están extendiendo hacia el infinito, y las del ojo derecho de pronto están más marcadas. No debí haber sonreído tanto, ni reído a carcajadas; no debí haber hecho muecas, ni gestos cómplices, ni guiñado los ojos; no debí haberme enfadado ni irritado tampoco. No debí haber entornado los ojos para protegerme del sol, ni para observar mejor aquello que me llamaba la atención. No debí haber enarcado las cejas ni haber mostrado en mi rostro mi sorpresa, admiración, estupefacción o fascinación. No debí haber besado, ni abrazado, ni tan siquiera debí haber dicho una sola palabra. Porque en mis vacaciones de verano 2009 he conducido cerca de 3000 km; he subido montañas, he caminado siguiendo los cursos de ríos hasta llegar a su nacimiento; hemos sacado decenas de fotos a unos renacuajos en proceso de transformación; hemos buscado palos hasta encontrar el más gordo y largo; he tenido largas e interesantes charlas; me he peleado con algún que otro cantábrico, no necesariamente cántabro; he visto a una grande del teatro; he caminado bajo la lluvia infinita, bajo el sol abrasador, atravesando la bruma insolente; he cantado a voz en grito y susurrando las canciones; he llorado por tu pena y anhelado tu felicidad; he comido uno de los mejores helados del mundo y los sabores fueron bien escogidos por ti; he conocido a gente estupenda; me han sacado fotografías tirados en el suelo y yo he sacado miles de ellas; he descubierto aplicaciones divertidas en mi terminal de teléfono móvil y nos hemos convertido en figuras con relieve; te he echado de menos, periquita, más de lo que puedas creerte; hubo promesas sin cumplir, pero no fue culpa suya; he cantado mucho y bailado algo; me he preocupado por ti, pero creo que ya estás mejor, y me alegro; he esperado en largas colas disfrutando de interesantes conversaciones con desconocidos que se convirtieron en estupendos compañeros de jornada; me he deshidratado con el calor para al día siguiente empaparme con la lluvia; hemos subido montañas, cruzado desfiladeros y atravesado caminos; os he visto durante el proceso de creación y os agradezco haberme permitido estar presente mientras tanto; espero que se me haya quedado pegado en la piel tu suerte con los aparcamientos, porque si no, tendré que estar invocándote todo el rato; no he leído ni uno solo de aquello todo que pensaba leerme; olvidé mi hermoso abanico rojo en aquel banco del parque; he vuelto a estar con las panteras, y me ha conmovido el gorila; he recargado tanto mis energías, que ni siquiera tengo ese que dicen que se llama estrés postvacacional, ese que sí me acompañó durante tantos años; y fue bueno estar contigo durante tanto tiempo: ¡he aprendido tanto!
3 comments 6 Septiembre 2009
Lecturas del verano 2009
Padezco dos enfermedades serias; por desgracia, no son contagiosas; afortunadamente, no son dolorosas (al menos en el sentido físico; en el económico, en fin…); por suerte, estoy encantada de padecerlas. A una le he encontrado nombre; creo que me lo he inventado, pero puede ser que exista de verdad, o que alguien haya tenido antes la misma brillante idea que yo: bibliofagia, esto es, que como libros. Más bien, los devoro, me los zampo, me los trago, y si utilizo metáforas o hipérboles, ya puestos, casi diría que los fagocito. Y pese a que tengo momentos en los que guardo dieta, ahora mismo no hay en mi vida nada que me interese más que engordar de literatura, que engullir letras y puntos y comas y signos de interrogación o exclamación, párrafos enteros que me conduzcan a devorar novelas enteras, de cualquier género, condición, valor o autor. En este momento, no tengo control sobre mi propia adicción.
Para mi otra enfermedad no he encontrado nombre todavía. Pero puesto que hay denominación para todo tipo de filia y fobia, he buscado y rebuscado alguno para esta. Y tampoco he conseguido que mi imaginación o mi conocimiento del latín y del griego clásicos (lo que recuerdo de ellos, claro) me den un vocablo adecuado. Empero, su descripción es sencilla: compulsión por la compra de libros. Como si los coleccionase, o como un enfermo del síndrome de Diógenes, compro compro y compro libros. Literatura romántica, de los Siglos de Oro, costumbristas, rosa, de intriga, históricas, relatos o cuentos, humorística; ensayos de Historia, de Política o de Empresa; libros de recetas, de poesía, de jardinería; infantiles… Compro y compro, con la intención de leerlos, por supuesto, pero no tengo horas ni días ni vida para terminar todo lo que tengo pendiente. Algunos desde hace meses, otros desde hace años… Y ya estoy empezando a pensar en poner estantes sobre las puertas y en el pasillo, porque ya ni en casa de mis padres queda sitio para tanto papel encuadernado.
Habitualmente, como podrán suponer, estos dos males (no, no les llamemos así: estas dos virtudes) van de la mano. Cuando una empeora, lo hace la otra. Si no tengo muchas ganas de leer o si estoy en un momento más relajado en este aspecto, tampoco tiro mucho de la cartera, sino que aprovecho para comenzar alguno de los que tengo. Reviso las estanterías con calma y me doy cuenta de que, ¡caramba!, si tenía esta novela aquí; ¿y cuándo me la compré? O esta otra, ¡vaya!, con lo que me apetecía leerla. Y, mira, caray, si tengo este denominado estudio de las diferencias entre hombres y mujeres que, sí, ya recuerdo, compré por curiosidad. Y de estos tesoros olvidados echo mano en esos momentos de descanso de la pasión lectora que ahora mismo recorre mis venas.
Si el mes de julio me ocupó con la trilogía de Millennium, varias novelas rosas, el nuevo de Matthew Pearl (que, por cierto, he acabado hoy), capítulos sueltos de Las olvidadas, la revista Vanity Fair (que tiene mucho que leer) y El gran Gatsby, para lo que queda de verano, antes y durante mis vacaciones, viajaré a Irlanda para acompañar al joven doctor Barry Laverty en sus primeros días como médico rural; recorreré el mundo siguiendo las rutas que marque en el Atlas Maior de Joan Blaeu, como si viviese en el 1665; me sentaré el teatro de mi imaginación para por fin leer completas las comedias de Shakespeare (dejaré las tragedias para el invierno); acudiré a varias fiestas de la nobleza inglesa de los siglos XVII al XIX para apoyar, aconsejar y vigilar los romances de sus duques y condes; consolaré a Nikki Eaton por la muerte de su madre y la apoyaré en ese año crucial en el que descubrirá la medida del amor de su progenitora; al fin Jean Cannavaggio podrá contarme sobre Cervantes lo que lleva años intentando, tantos que ya está descatalogada esta biografía revisada; con Gill y sus dos hijas escucharé las cintas grabadas que dejó Rosamond antes de morir y con ellos conoceré la historia de la tía de Gill desde los años cuarenta hasta hoy y de tres generaciones de mujeres; o anarquistaCamilo Sabio Doldán contarame a súa vida na guerra, no cárcere e no exilio na loita pola liberdade; rematerei os contos made in Galiza que deixei pola metade no Nadal; e volverei dar saltos no tempo e no espazo para visitar a Einés Andrade no século XVII e ulir as herbas mouras; recordaré todos los cursos completos en Torres de Mallory; y casi treinta años después recuperaré mi amistad con la pequeña Dorrit, porque quizá sea ahora el momento de comprender lo que no entendí entonces.
1 comment 6 Agosto 2009
Día mundial de los sin techo

En octubre existe el Día Mundial de los Sin Techo. Son mucho más que personas que duermen en la calle, porque no tienen techo. Son mucho más que indigentes, que pobres, que mendigos. Son personas a las que distintas circunstancias les lleva a dormir bajo la lluvia, bajo la nieve, al raso, bajo el frío. Cuando se acerca la Navidad, siempre recuerdo que de pequeña me lamentaba de que el Niño Jesús hubiese nacido en un pesebre, con el único calor que daban una mula y un buey. Ahora que soy mayor, sé que el Niño Jesús es una figurita que no siente ni padece, y que el de verdad no nació en invierno; que nació hace más de dos mil años pero que todavía hoy hay muchos niños que nacen sin el calor de esos animales; sé que hay muchas personas que duermen tapadas con cartones para guarecerse del frío; sé que hay gente que duerme en los cajeros automáticos para dormir caliente; . Más de 30.000 personas en España. Treinta mil. Se dice pronto. Sí, es una cifra que se dice pronto. Intenta decirla en voz alta. Tres segundos para nombrar una realidad dramática. Y muchas de ellas hace un año dormían bajo techado. Pero se han quedado en la calle porque han perdido su trabajo, o porque no pueden pagar un alquiler, y además han perdido el apoyo de su familia. Tenedlo en cuenta cuando paséis a su lado. Porque quizás algún día nos encontremos en esa situación. Otros duermen en la calle por problemas de alcoholismo, o drogas, o por problemas mentales. ¿O es que acaso no os habéis cruzado nunca con alguien enfermo? Pero son borrachos, o yonquis. Porque los pobres son eso, borrachos. Sólo los ricos o los medianamente ricos son alcohólicos, enfermos, ¡pobres! Los pobres de verdad, los que no tienen dinero, son esos borrachos.
Las personas que viven en la calle no sólo tienen que soportar la humillación de encontrarse en esta situación, sino que además son extremadamente vulnerables a los ataques de los sinvergüerzas, de aquellos que se divierten haciendo daño a quienes no pueden defenderse porque son más débiles. Son vulnerables a los ataques de los cobardes. Hace menos de una semana, fui testigo de cómo un hombre de unos cuarenta años, alto, bien vestido, que había comprado algo en un establecimiento comercial que abre de 5:00 a 3:00 ininterrumpidamente, insultaba, amenazaba, atacaba verbalmente a un señor de unos sesenta años, mal vestido, enfermo, que le había dicho algo antes cuando el primer “caballero” de esta historia se había negado a entregarle dinero o a darle algo de comer al salir de este establecimiento. Siguió caminando pero volvió sobre sus pasos y se encaró con el pobre viejo. Con un señor que no podía defenderse. Sí, eso es hombría, y valentía. Desde luego. Como esos asesinos, porque ya están condenados, así que ya puede llamárseles así, que prendieron fuego a una mujer que dormía en un cajero. Como esos que se orinan sobre quienes duermen en la calle, que les roban las mantas, o las limosnas o su comida, su escasa comida.
Son 30000 personas. Dilo en voz alta. Y la próxima vez que pases al lado de alguna de ellas, en vez de ver hacia otro lado, piensa en las razones que le han llevado a estar en esa situación: enfermedad psicológica o de adicción, falta de apoyo familiar, desahucio por impago, soledad, trabajos temporales o mal pagados, pobreza, separación… Y piensa que tal vez, algún día, tú también podrías encontrarte en esa situación. Simplemente reflexiona sobre ello. Y actúa en consecuencia.
Add comment 25 Julio 2009
Trilogía Millennium, de Stieg Larsson
14 de julio de 2009, 22:52, cierro La reina en el palacio de las corrientes de aire. Después de poco más de tres semanas de lectura, he acabado la trilogía Millenium.

Se supone entonces que he dedicado una semana a cada uno de los volúmenes, pero no ha sido así, en absoluto. Los hombres que no amaban a las mujeres me llevó algo más de una semana. Y entre este título y el segundo, dejé pasar un par de días, en los que me leí un par de novelas románticas. Estaba un poco saturada de tanta novela de intriga, asesinatos, polis y ladrones. Pero en cuanto comencé con el segundo, ya no pude parar; y lo encadené con el tercero como si ambos formasen un único volumen. He perdido la noción del tiempo, los días y las horas con esta novela de tres volúmenes y varios capítulos. Lo que, en realidad, no es mucho mérito de Larsson, tengo que reconocerlo: soy obsesiva con la lectura, hasta el punto de que como leyendo, voy al baño leyendo, estoy de visita en casa de alguien leyendo, y no hago el amor leyendo porque alguien me tiraría el libro a la cabeza, que si no… En la cafetería de la empresa saben que comeré leyendo una revista, un libro…; que si no tengo el periódico ya volveré a tomar el café. Los domingos en casa de mis padres me gustan especialmente porque ya tengo la prensa en la mesa para desayunar (ay, mi padre). ¿Qué le voy a hacer? Mis padres lo dicen, mis tíos lo dicen, mis primos lo dicen, mis hermanos lo dicen, mis amigos lo dicen: esta Kaia ya está con un libro…
Así que, pese a que también tengo mis momentos de inapetencia lectora, lo habitual es que me enfrasque hasta la obsesión con la lectura. Y a esta trilogía he dedicado todas las tardes y parte de las noches de estas dos últimas semanas. Excepto por la mañana, y porque tenía que trabajar, todo mi restante tiempo ha estado dedicado, con excepciones derivadas del hecho de tener que hacerme la comida, limpiar, ir a la compra y otros asuntos necesarios, a Stieg Larsson: se convirtió en mi pareja, mi amante, mi amigo, mi sombra. Le fui infiel algunas horas unos tres días. El club de lectura de www.librosenblanco.com también requirió de mi atención, claro. Pero al gran Gatsby le dediqué la tarde del domingo y nuestra relación terminó para siempre.
Tengo el cuerpo dolorido, los músculos flojos, la cabeza con una ligera tendencia a adoptar la postura de lectura, la nuca tensa, los hombros cargados y una urgente necesidad de hacer ejercicio físico después de haberme dedicado a no moverme del sofá más que para buscar otro lugar de la casa donde tuviese más luz natural que en el salón. Del salón al dormitorio, y del dormitorio a la cocina, y vuelta al salón. Y como estamos en verano, y hay luz hasta las diez de la noche, allí seguía leyendo hasta que no me quedaba otra que irme al dormitorio para continuar con luz artificial. Y en cuanto sonaba la alarma y me levantaba, me sentaba en la mesa de la cocina, y con mi café y mis tostadas, Larsson desayunaba conmigo, como lo hacen sus personajes: un caffe latte y unas tostadas con queso y mermelada.
¿Qué puedo decir yo de Millennium que no se haya dicho ya? Es obvio que engancha y mucho, pese a todo lo fanática lectora que una pueda ser. Larsson va mejorando y, aunque en el tercero se embarca en toda una conjura con espías secretos, traficantes de mujeres, y una descripción de la vida de Lisbeth, pese a todo eso, no resulta en absoluto pesado. De hecho, La reina en el palacio… se dedica específicamente a la vida de Lisbeth, a ese Todo lo Malo que tan presente está en el el primer volumen de la trilogía, ese hecho que convirtió a esta niña superdotada en la persona antisocial y tan extraña que conocemos.
Lisbeth Salander es, sin duda, la Protagonista de esta trilogía. Y el hilo que une los tres títulos es el odio a las mujeres: los malos tratos, la discriminación (aunque esté escondida bajo los buenos modales y las sonrisas; y si no, véase los comentarios que a Erika Berger le realizan los miembros de la junta del periódico al que se va cuando deja Millennium; tranquilos, no voy a desvelar cosas importantes de las tramas), el sexismo… Pero también la homofobia, el sensacionalismo de la prensa, las críticas a políticos y periodistas, la pedofilia… Y la obsesión por el sadismo en las relaciones con las mujeres: son violadas, torturadas, prostituidas, engañadas, asesinadas… en los tres títulos.
Quizá su peor defecto sea su estilo. No estoy segura de si es un problema del autor o de los traductores, pero en La reina en el palacio… no pude aguantarlo más y en alguna página he puesto una anotación que dice algo así como “qué cansino; estoy harta de tanto “de repente”) Todo pasa “de repente”: de repente se da cuenta de que está cansado; de repente se da cuenta de que va a morir; de repente le apetece fumarse un cigarrillo; de repente aprecia el lío en el que está metida. Todo pasa “de repente”. Es repetitivo hasta el hartazgo en el uso de una frase, una expresión, que considera afortunada: la jaula de cristal en el tercer volumen; los hombres que odian a las mujeres en los dos primeros, son sólo un par de ejemplos (junto con ese “de repente” que ha acabado por tocarme las narices).
O algunas resoluciones bastante poco creíbles de algunos sucesos. Porque, vamos a ver, ¿de verdad que a Lisbeth le pegan un tiro en la cabeza, la operan a vida o muerte para extraerle la bala, y en tres semanas se recupera sin ninguna consecuencia? Y eso porque no puedo contaros qué acontecimiento extraordinario esta buena chica realizó entre el tiro y el ingreso en el hospital.
También echo en falta saber qué consecuencias ha tenido con algunos personajes secundarios su actitud; p.ej., con el policía Faste, empeñado en perseguir a Lisbeth por ser una lesbiana satánica. O con cómo queda la historia amorosa de Monica y Mikael en el tercero. Y es una lástima, siendo asquerosamente egoísta, que Larsson no se hubiese cuidado más para evitar ese infarto que nos ha impedido tener noticias en futuras novelas de Camilla, que seguro que iba a dar mucho juego (y no tengo la menor intención de contaros quién es Camilla). He leído en algún sitio que había previsto una serie de diez novelas, así que estoy segura de que este personaje tantas veces citado tenía un lugar propio en alguna de ellas. Es una pena. Teniendo en cuenta esto, se explica por qué nos quedamos sin saber cómo se resuelve el conflicto sentimental entre Mikael, Monica y Erika: probablemente su intención era desarrollarlo o resolverlo en sucesivas entregas.
Lisbeth Salander es, como dije, la protagonista absoluta. Y además el personaje más fascinante, desde el principio hasta el final, incluso pese a su evolución en algún momento poco creíble. Mikael, en fin, tiene sus momentos tópicos: es el protagonista bueno, el periodista insobornable, el luchador infatigable por la verdad absoluta. De los secundarios que aparecen en las tres novelas, me quedo con el jefe de Milton Security.
En fin, y en resumen, que vale la pena leérselos, porque pese a sus continuos anglicismos, a sus expresiones repetitivas, a sus fallos estilísticos, y a que a veces se necesite un bloc de notas para anotar tanto nombre, son buenas novelas. No pueden dejar de leerse de corrido, entretienen y enseñan. Nos preocupamos, emocionamos, asustamos e ilusionamos; sonreímos, gritamos, y arqueamos las cejas; dudamos, creemos, y nos sorprendemos. ¿Qué más podemos desear de la literatura?
2 comments 15 Julio 2009
La presencia (o el misterio de la anciana de la silla de ruedas)



Dicen en el barrio que el edificio está construido sobre una vieja casa en la que vivía una anciana postrada en una silla de ruedas. Dicen que un promotor inmobiliario se encaprichó del terreno que rodeaba la casa y su buena situación para poder construir un edificio de cuatro plantas, bajo y garaje, con cinco pisos por planta. El promotor visitó a la anciana en varias ocasiones para intentar convencerla de que le vendiese la casa y el terreno, pero en todas esas visitas la mujer se negó. Allí había vivido toda su vida, habían nacido sus hijos, y los había criado, a ellos y sus nietos; allí estaban sus recuerdos y su historia. El promotor, entonces, negoció con los hijos y nietos de la anciana, pero tampoco dio resultado. Ella volvió a negarse y no consiguieron convencerla. El promotor echó mano de las amenazas, los insultos, las coacciones: le cerraba el paso del agua; le cortaba la luz; le dejaba animales muertos en su puerta; le enviaba matones para que la asustasen… Pero ella se negaba una u otra vez y afirmó que sólo muerta conseguirían echarla de su casa. Y un radiante día de verano, cuando nadie se lo esperaba, la anciana apareció muerta en su silla de ruedas. Los médicos dijeron que el corazón se le había parado de tanto vivir, pero por el barrio dicen que la envenenó el promotor. El día anterior se le había visto saliendo de casa de la anciana. Afirmó que había ido a tomar un café para hacer las paces, que ya no le interesaba la finca pues tenía otros proyectos, que la había dejado tranquila y feliz. Afirmaron sus hijos y nietos que el corazón se le paró de felicidad al ver que su casa ya no era codiciada. Pero por el barrio corre el rumor de que su cara estaba crispada por el dolor, de que sus manos se aferraban a la silla y de que sus vecinos la oyeron gritar que nunca, nunca, ni siquiera muerta, conseguirían expulsarla de su casa.
Un año más tarde, en aquella finca, se levantaba el edificio soñado por el promotor: blanco, en forma de cubo y con grandes ventanales. Cinco pisos por planta, de dos habitaciones, dos baños y gran salón. Un enorme garaje. Había ya moradores en el edificio. Jóvenes parejas, jóvenes solos, familias en proceso de creación. Todo parecía ir bien, hasta que de repente alguien, o algo, empezó a cortarles el agua; la luz iba y venía, y se quedaban a oscuras o se le estropeaba la comida del congelador; la puerta del trastero se cerraba de repente; delante del garaje se acumulaba más basura cuanto más se limpiaba y era imposible eliminar aquella acumulación de agua: los coches resbalaban cuando enfilaban la rampa y se golpeaban contra la pared; el portón se cerraba repentinamente y los atrapaba; a los vehículos de los vecinos se les estropeaba el embrague, o la inyección, o la correa de transmisión. Hubo vecinos que tuvieron que acudir al hospital por tontos tropezones en la escalera. El ascensor se paraba entre dos pisos.
Pero lo peor era la presencia.
La presencia se notaba en el crujir de una tabla del parqué del pasillo cuando no había nadie más en casa. La presencia se notaba cuando la luz de la habitación cambiaba y una sombra se asomaba a la puerta, como vigilante. Cuando uno sentía que pie, a la vera de su cama, alguien le observaba; y al encender la luz, no había nadie. O cuando alguien respiraba a su lado. La presencia se notaba cuando se escuchaba el crujir del aluminio del quicio de la ventana. Cuando, al ducharse, les invadía la sensación de estar siendo vigilados. La presencia se notaba en las manchas del suelo que desaparecían al limpiarlas y volvían a aparecer al día siguiente; manchas curvas que parecían marcas de ruedas. La presencia se notaba en los pequeños crujidos que se oían por la noche, en los golpes en las persianas, en el ligero susurro que sonaba en el salón, en el suave golpeteo que se oía de vez en cuando. Cuando, al dormir, un peso oprimía el cuerpo dormido, como queriendo ocupar su puesto en la cama.
La presencia se notaba cuando el corazón latía desbocado, la respiración se agitaba, la cabeza se volvía esperando ver quién estaba detrás de nosotros, pero… no había nadie.
P.S: Gracias a J.G. por contarme en el más absoluto secreto el misterio de la anciana en la silla de ruedas.
Add comment 10 Julio 2009
La bastarda de Estambul

Desde hace unos años, sobre todo gracias a la obra de Orhan Pamuk, venimos oyendo (algunos escuchando, ciertamente) hablar del genocidio armenio. Este escritor es el ejemplo más conocido de persecución por parte del gobierno turco de aquellos intelectuales, políticos o ciudadanos de su país que denuncian el desconocimiento del intento de aniquilamiento del pueblo armenio a principios del siglo XX.
En La bastarda de Estambul, a través de la historia de dos familias, una turca y otra armenia, se van entrelazando retazos del genocidio. Una joven armenia, Armanoush, decide viajar a Turquía, a la casa de la familia de su padrastro, para conocer dónde nació su abuela, refugiada armenia en EE.UU. Previamente, hemos conocido a esa familia de mujeres cuyos hombres mueren jóvenes y en las que todas tienen o conocen secretos que están ocultos. La visita de Armanoush desvelará esos secretos que condicionan la vida y las relaciones de estas hermanas con la bastarda de Estambul.
El relato va fluyendo casi sin darnos cuenta, y nosotros vamos desvelando los misterios de estas relaciones familiares al mismo tiempo que se nos descubre uno de los episodios más terribles del genocidio armenio. De todas maneras, y pese a todas sus bondades, he echado de menos un mayor compromiso en algún momento, pese a que entiendo que no es un libro político sino la crónica de una familia de la Turquía actual y de la historia de dos jóvenes muchachas que llegan a ser amigas cuando vencen las reticencias iniciales. También me he quedado con ganas de saber más de un personaje que tan sólo aparece tres o cuatro veces pero que tiene uno de los discursos más breves pero más contundentes de toda la novela.
2 comments 6 Julio 2009
Mis vacaciones de verano 2008
07-sep-2008
En estos días he paseado por A Coruña y comido allí también, saboreado un helado en Ourense (todo lo que se podía saborear aquella bolita), desayunado en Nigrán, merendado y cenado en Vigo y jugado mucho con mi sobrina; me he bañado en la piscina, he gastado los cuartos en chales (que no chalés) y pashminas, en discos y dvd’s; he comprado libros, he investigado sobre pda’s y palm’s; he visitado la competencia en A Coruña y Ourense; he ido a ferias medievales y de artesanía; he hablado mucho por teléfono; le he robado el portátil a mi hermana siempre que he tenido ocasión; he visto pisos por internet; he visitado Perillo y he paseado por la playa de Santa Cristina; he hablado francés (je parle pas français); me he enfadado como nunca con parte de mi equipo; he hablado con mi jefe; he soltado muchas palabrotas; he incorporado nuevos números de teléfono a mi agenda; creo que he recuperado a quien decía ser un amigo y me alegro, a pesar de que tardemos otro año en volver a hablar por teléfono… y ya no digo a vernos; he tenido que eliminar el café de mi dieta y por fin puedo volver a tomarlo; me han dado un masaje urgente para que pudiese recuperar la movilidad; no sé si organizar o no una mudanza; he ido a visitar a mi tía al hospital; he ido al Outlet de Tui, y sólo hemos comprado cosas para las sobrinas pequeñas; he leído los blogs y ya va siendo hora de que los actualicéis, porras… Todavía me queda una semana y creo que necesito otra para recuperarme de estas vacaciones…
Recordar las vacaciones del 2008 servirá de aliciente para preparar las que ya están llegando del 2009.
3 comments 27 Junio 2009
